12 de julio de 2008

Laura

¿Sabías que viven familias entre tumbas, flores marchitas,
mármol, viudas?
Laura no entendía de palabrotas como ella
llamaba a esas palabras de adultos como hipoteca, gastos,
sueldos, letras del coche, seguros. Le gustaba reunirlas
en su boca, desmenuzarlas, mezclarlas con otras como
escarabajos, ciempiés (su preferida), libélulas, hormigas
y las coloreaba en el cuaderno blanco y negro de bruño
que le regaló Carlos, los reyes pasados. Es uno de noviembre
y la Almudena está a rebosar de vestidos de domingo y colonia
y de niños enredando entre las comisuras de la muerte,
festiva. Almudena, escuchó el mensaje de Carlos en el buzón
de voz, llegaré un poco más tarde. Me paso por la pastelería
y cojo algo.
Hacia las siete, Laura abrió una libreta en blanco
y escribió palabrotas para aprendérselas de memoria y no
olvidarlas en alguno de sus recreos. Rafael terminó en un calabozo
y con moratones por todo el cuerpo. Sólo quería sentir el calor
de otro cuerpo, no sentirse solo, perdió su plaza, Zaragoza
desapareció del mapa y aquello que nunca haría lo hizo, robó
a una señora, le tomaron las huellas, lo ficharon. La sonrisa
de las diez se disolvió lentamente como el azúcar en ese café
de máquina y esos comentarios de menudas pintas, otro más.
 
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