Desde muy temprano, tenía pagarés en su bolso
y servilletas con las dos caras escritas. Era
una fetichista de cuidado, recogía las palabras
abandonadas en orfanatos o cerca de las alcantarillas
o esas notas a punto de enamorarse y que se quedaron
mudas en un apunte al desnudo, detrás de una transferencia
bancaria. Asombrada, con un disparo por la espalda,
dibujaba en páginas vírgenes, acuarelas o en libros
de la biblioteca regalados que luego dejaba en los asientos
del metro, rojísimos, o en una cafetería que frecuentaba
o en una conferencia de prensa. Quizás, harta de tanta
fecha de caducidad, sustituyó el rímel, los pintalabios,
los zapatos de tacón, esa boca de necesidad, la búsqueda,
carlos, mario, ernesto, miguel, pedro, rubén, guillermo.