12 de agosto de 2008

La última nochevieja

la última nochevieja estuvo a punto de costarme
dos muelas, un retraso menstrual solo porque Juan
se descolgó a las 10 de la noche y quedé preso
de una serie de acontecimientos de dudosa originalidad.
Dieron las doce en todos los relojes y las uvas y los feliz año
limpiaron de dudas todos los márgenes del río. Entre tanto
beso abrazo intercambio de sudor, pensó en ella, en su cita
y luego en él y cómo había olvidado hace tiempo lo que era.
Lo descubrí desnudo lívido apurando el néctar de una rubia
borracha, áspera a la garganta, asequible en una cena.
La mandé al carajo que es más suave que tirarla escaleras abajo
y no pensaba en la rubia sino en mi alma, partida por la mitad
por no hacer lo que tenía que hacer, como si fuera fácil.
Lucía llamó al timbre, escurridiza, blandía una espada in extremis
y me dijo que le sirviera una copa, que era año nuevo y demás.
Se sentó, cruzando las piernas y yo no pude callarme.
Estoy locamente enamorado de ti. Perdido. Continuaba barajando
las cartas, pensando en todo el amor que se fue, literalmente
por las alcantarillas, absorta, evadida, y por última noche
en la de Carabanchel, porque ya es suficiente ese agobio
ese pintar puertas cerradas, ese quebrarse las uñas con cada nota
de Juan. Enamorado, consumido más que por el champagne
por esa media melena suelta, por esas manos cuidadas,
por ese delicado después de mi confesión, reparte las cartas,
¿cuántos puntos me llevas de ventaja?
 
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