Cuentan que tenía veinticinco años,
que se mordía los labios, que no probó
las caipirinhas del Venus, que las pecas
competían con dedos largos mexicanos,
un alquiler a siete años en Boston
y que se moría por los helados de chocolate
y las tartas de Patric. Algo sale al revés,
inocente. Para ella no había nada nuevo
en la sangre, las vendas, el betadine.
Atendía a los hospitalizados con diligencia,
terminado su turno se iba a la calle Levingston
número 15 y llevaba la cena a Paul y Alicia,
sus padres, jubilados, con un pequeño
jardín bien cuidado. Solo un detalle: al lado
de la valla de entrada un hueco abierto por los topos.
Le entró Barcelona por un documental o por Dalí
o por un chico, Toni, que exponía sus azares
en el carrer de la Escudería. Mezclaba pigmentos,
telas, collage, amantes en su apartamento del Born.
No se dio cuenta, hasta que fue tarde, de que Ingrid
no podía leer entre líneas ni acumular cerezas
por muy baratas que estuvieran en la Boquería.
Interrumpió sus noches, su regreso. Sólo dos semanas
después encontraron el cuerpo del pintor y en su pecho
Ingrid, supuestamente, dejó escrito a bolígrafo una cuenta
atrás, un reloj de arena dibujado, un cero repetido.