Para acceder a cualquiera de sus habitaciones
es el escándalo, la tropelía, todo lo que lleve
tilde. Es lo más distante de la sombra que conozco.
Años atrás, sé de buena fe lo que pasó, diluida
en un café amargo, tragó la enfermedad de las fotografías
de los labios sellados, del cemento en las piernas,
sucediéndose en su memoria, en su cama, monstruo
tras monstruo hasta absorber su diario, sus cajones.
Las noches de sábado, accesible terminaban a solas
o en la peor compañía de un coche del que adivinaba
la matrícula pero no hacia dónde iba ni saber a ciencia cierta
quién le bajó las bragas ni cuántos fueron, divirtiéndose,
los que la consumieron. Empezó a perder el hambre
y aún quedaba mucho para perder los estribos y la inocencia
se colgaba del primer perchero en mitad de la calle
y las ojeras daban contra la arena de todos los relojes
desvalijándola. Ahora no admite tarjetas de crédito
solo cobra al contado, cambió de ciudad, de nombre
como si eso sirviera de algo, hasta se hizo ella misma
una máscara de papel. Exige, ahora, a cada uno
un extintor, unos zapatos nuevos y los bolsillos vacíos.