Sentado cómodo, con mi revista de francés
y suavizado, mecido por la brisa de la TV
sin esa agonía imberbe que dejo a los hospitales
y sus urgencias que ahora me quema en los labios
por falsa. En esas pausas me hundo en el sofá
dulcemente mirando hacia atrás, poniéndome
verde y de todos los colores del arco iris. Camino
con barba de no sé cuántos meses, sabio,incontestable,
admirado. En esta circunstancia de gracia, despreocupación,
Susana miró a Alejandro y ese descuido se tradujo en varias
a las siete en Moncloa, o cenamos en el Tanino y el búscame
más abajo de las mejillas. Vinieron las centrifugadoras,
los piquetes,las taquicardias, la cosecha o la espiga, o ambas
y me trajo el sabor salado de las olas batiendo a su salida
del mar, camelos, ausencias al fin y al cabo que me contienen
la respiración y el fracaso. Decido infiltrarme, ser Alejandro
para el resto de la tarde y elijo cuando Susana me invite
a sacar el auto del garaje, pagar con unas cuantas monedas
sueltas el paraíso, la línea que separa el bien y el mal
correspondido con su casa. Es su terreno, yo no pienso, la sigo
porque me gusta cómo huele y con las ventanillas bajadas
soy Alejandro con la boca llena y cadena dial. Susana fuma
nerviosamente, un par, antes de que se cierre la puerta
ya nos hemos besado quinientas cicatrices. Me gusta el tráfico
cuando llueve pisando el pasado de las gotas y pienso en el sudor,
en conocer, en reconocer sabores, abismos y otros fragmentos
que llevaré hasta mi habitación y allí recompondré el puzzle
y será diferente. Sentado, me dormí hablé en alto y un tal
alejandro agita mi brazo,tiene veinticinco años la voz rubia
y el aire de comerse el mundo, como es obligado.