12 de agosto de 2008

Una vez más, sobrio

Una vez más, sobrio, se dirigió a la puerta de salida,
llevándose por delante, fotografías, tazas con sus labios,
decenas de inviernos que solo fueron tres, noches
de luna llena con bombillas rojas y cascabeles, en vela.
Ya no era el mismo que aquel que cruzó la vereda,
del silencio al bullicio de los quince minutos o de las cuatro
horas, de esa fina lluvia de la compañía , servida. Al entrar,
sintió cómo el pulso se detenía, cómo la añoraba y eso
no era bueno. Una chica lo miró y él levantó la mano. No era
ella. Tampoco la esperaba. Pasaron horas o días y los quince
minutos eran más breves y corrían tímidos en lugar de platos,
botellas o cafés largos. Su pulso era cero. Una de las tardes,
se dijo así mismo que ya era hora, que estaba preparado,
que simplemente había que irse salir a la calle, parar un taxi,
dar una dirección, recuperar el pulso, la mirada,
dejarse el temblor de las manos entre las sillas.
 
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