11 de septiembre de 2008

La huída

supongo que atravesar todo el oceáno o todas las sopas del mundo
no es suficiente, nunca es suficiente. Un trauma. O ganarme
a pulso el cielo variando los nombres del mar del oxígeno
y comprobar cómo la embestida me llena de una lucidez que antes
no tenía justo en aquel bar con tu nombre por primera vez,
claro que nadie nos avisó de lo que sucedería después, asuntos
que no salen en las noticias y sin embargo, son unos clavos
que se adentran, comienza con una molestia en el costado y luego,
la sangre en la almohada, en los lugares más insospechados,
en la sopa y nunca es suficiente poner pies en polvorosa
o comprar mapas de portugal o de china, lo digo porque
ya lo he probado, no, a otra cosa, y nada, nunca es suficiente,
está en el sistema operativo, nada de olvido, el sudor que
acostumbra a invitarme cada noche a tirarme por la ventana,
a escribir hasta el amanecer, a llorar, a traerme a esa mujer
de la esquina que se vende o a su hermana, y nunca me siento
bien sobre la húmeda hierba del rocío en verano quizás porque
recuerdo, y es lo peor, las estaciones que son cada año es inútil
cruzarse en la cocina con un cuchillo, no funciona, y a veces,
te insulto, cuelgo de las paredes los tapices y nuestras historias
con oro, seda y sopa fría. Nunca es suficiente y me cansa
y cumplo estancias en psiquiátricos imaginarios, a mi gusto,
para tener la certidumbre de que cuelo montañas donde antes
no había más que un decorado, no tuve la curiosidad, estaba
más pendiente de los horarios de salida de todos los aviones,
autobuses del mundo. Supongo que, hoy, quedarme quieto
en un beso prolongado es la mejor vacuna, comprar una nueva
libreta cuando ya la anterior está garabateada.
 
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