necesito que, interrumpiéndose, me bese,
me suba sobre sus muslos, me muerda el lóbulo
y haga de mí lo que quiera. Lo necesito.
Me habla de su infancia y de sus partidos de fútbol
de cuánto engordó en la Universidad, de sus citas
de hoy, de mañana, de lo mucho que quiere a sus hijos.
Necesito que se calle, que deje de sonreír, que el cielo
quede fuera, tras los ventanales que los dejemos
empapados, que sudemos por dentro en torrente
y por todos los poros, que perdamos el equilibrio,
con sed, con hambre, sin relojes de arena, que desenfunde
y me entregue su aliento, sus temores en saliva.