12 de agosto de 2008

Las verjas chirrían

Las verjas chirrían, apenas Carlos calma su instinto
encontrándose de bruces con las prisas con el inevitable
del dar el 150% de lo que vales, el notable contorno
de la eternidad, y el no conformarte con las palabras
estáticas de los prospectos de los fármacos, los que
necesitarás en cantidades ingentes. Muchas veces,
por las calles, con el frío por los pies, me decías que
me despistaba, que estaba en las nubes de los términos,
de lo que sonaba pero jamás masticaba una pierna de
cordero o un muslo de pollo con las manos, ensuciándome
hasta el columpio de mis años de infancia, cuando nada
importaba y todo tenía un sentido, una unidad. Ahora,
esas palabras tecleadas suenan a cocido pasado, a carne
de matadero desechada, pendida de un gancho, descuidada,
goteante, penitente, a la espera de malos tiempos para ser
vendida de mala manera. Clavando hasta el fondo los tacones
de tus botas, afirmando tu madurez, tu lugar en el mundo,
estable, ahí donde se entremezclan las viejas canciones
entre bocas hambrientas, la tortura de no acertar ni con los
dientes, envejecidos de repente con treinta años ligeros,
ausentes, y a pesar del desgaste de las suelas, no hay cafetería
en la que resida un té con limón servido con horas gratis
de campos de trigo con su olor de verano y su luna subida de tono.
Me falta el aliento y la lengua o la pericia de quien ha sufrido
diez años en un seat 127 a todo gas, llorando a moco tendido
entre los túneles iluminados, siempre noche transatlántica,
y luego el fracaso al ver las direcciones comprobar que no lleva
más que a casa, de nuevo. Al menos, Carlos tenía sus ratos
de olvido o de incendio, los conservaba en las arrugas del cuello.
 
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