De pequeño adoraba los puzzles y los trenes de juguete
los túneles, el revisor, las estaciones y la primavera.
Taciturno, buscaba manos, el tacto de las cafeterías
en invierno y tras los mostradores agotaba su tiempo
con llaves de hotel disimuladas en sus bolsillos.
Febrero llegaba con su cansancio y Quique resplandecía
hasta que los años dejaron por los arcenes tenebrosos
trozos dislocados de tartas de manzana con nata, fracasos
medias con carreras, invitaciones al fin del mundo
sin respuesta, o a perder la virginidad o la cabeza.
Todo termina con un ¿cuántas palabras desperdiciadas
deberé esperar para echar abajo tu tristeza y mi insensatez?